El sexo es una de las actividades más placenteras de la vida, es prácticamente una premura del organismo, no sólo para satisfacer determinadas necesidades, sino también para complementar la salud de nuestro cuerpo.
El deseo sexual es el motor de la sexualidad, debido a ello, se habla mucho de este tema en la actualidad, sin embargo, no todos logran comprenderlo realmente. Antes de empezar, respondamos la siguiente interrogante:
¿Qué es el deseo sexual?
Aunque es un concepto difícil de definir, cuando hablamos de deseo sexual nos referimos al apetito sexual, como la energía o la tendencia de la voluntad para conseguir y experimentar el placer. Es producto de una interacción compleja entre componentes biológicos, socioculturales y psicológicos (partes emocionales, motivacionales e intelectuales del cerebro).
La pérdida del deseo sexual
La pérdida del deseo sexual se refiere a la ausencia o deficiencia de fantasías y deseos de actividad sexual, de forma persistente, que provoca malestar intenso en la persona que lo padece o dificultades en la relación interpersonal. La falta del deseo constituye la disfunción sexual más frecuente en la mujer, no obstante, los hombres también presentan estos problemas.
Causas de la pérdida del deseo sexual
Nuestro deseo sexual, puede verse afectado por multitud de factores, que desconocemos o incluso no les damos la suficiente importancia.
Las causas pueden estar en cualquiera de los tres componentes mencionados anteriormente: biológico, sociocultural y psicológico; en general, estos componentes están interrelacionados, ya que el ser humano no puede escapar a su naturaleza biopsicosocial. En consecuencia, lo que afecta a uno interfiere e influye en los otros dos.
En este artículo, nos centraremos en los aspectos psicológicos, sin embargo, para una mejor explicación, mencionaremos brevemente los otros dos factores.
Biológico:
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Alteraciones hormonales, por ejemplo, deficiencia de la hormona testosterona.
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El envejecimiento, debido a los cambios que experimenta el organismo como la menopausia o la andropausia, etapas donde baja la producción de hormonas.
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Uso de fármacos que interfiere en nuestra respuesta sexual, como pueden ser los antidepresivos, pastillas anticonceptivas, etc.
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Consumo frecuente de alcohol y narcóticos.
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Enfermedades como insuficiencia renal, diabetes, dolor crónico o fibromialgia.
Sociocultural:
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Las normas sociales acerca de cómo debemos funcionar, generan expectativas y realidades que nos dan la pauta de la tan perseguida ‘normalidad sexual’.
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Los estereotipos de belleza, el tipo de crianza y algunas creencias culturales o religiosas que impiden que exploremos nuestra sexualidad.
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La educación sexual inadecuada, con actitudes negativas hacia el sexo con temor al pecado y asociado a lo sucio.
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Falta de información sexual.
Psicológico:
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Desconocimiento del funcionamiento erótico-sexual del propio cuerpo y del cuerpo de la pareja.
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Expectativas poco realistas acerca de lo que podemos esperar en un encuentro sexual, nuestra mente, lejos de disfrutar, se concentra en interpretar al compañero o en monitorear nuestras propias reacciones ante el estímulo erótico.
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Problemas psicológicos a nivel personal como ansiedad, depresión, baja autoestima, elevados niveles de estrés debido al exceso de trabajo, problemas en la casa o por la cantidad de actividades que se deben realizar en la vida diaria. Asimismo, emociones como el miedo (a no satisfacer a la pareja, a ser rechazad@, a que se fijen en detalles de nuestro cuerpo que no queremos, a que sea aburrido, a que no nos guste), la vergüenza, la cólera, etc.
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Vida sexual poco satisfactoria a causa del aburrimiento y la rutina sexual; hacer las mismas tareas todos los días o tener sexo con las mismas posiciones sexuales acaban con la sorpresa, el deseo y la excitación.
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Otras dificultades sexuales como problemas de erección, eyaculación precoz o dolor durante el coito.
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Problemas de pareja como las peleas constantes, la falta de comunicación, los insultos, el resentimiento, la desconfianza y el maltrato.
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Experiencias sexuales traumáticas y negativas, como abuso sexual en la infancia, el acoso sexual y otros atentados contra la libertad sexual; violencia, o malas relaciones pasadas.
Recomendaciones
Si bien no tener deseo sexual es normal en algún punto de nuestra vida, en el caso de que este poco apetito nos preocupe, afecte a nuestra relación y sea todo menos voluntario, sería aconsejable recibir ayuda. Es aconsejable analizar todas las variables para determinar qué tipo de tratamiento es adecuado recibir (médico y/o psicológico).
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