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La incertidumbre es, quizás, uno de los estados emocionales para los que menos preparados estamos. Por lo general, no nos gusta, estamos entrenados para generar estructuras constantemente, tener rutinas más o menos predecibles, estables, organizadas. Desde muy pequeños se nos han generado horarios en las comidas, en el sueño, en los quehaceres, etc. Esto, sin duda, porque nos organiza, nos estructura, nos apuntala como seres humanos.

De alguna – o varias – formas, esto nos gusta porque nos alivia la angustia de la nada, de no saber, del vacío. Como especie, estamos preparados para sobrevivir y el ser humano tiene muchos mecanismos psíquicos para defenderse de aquello que percibe amenazante, lo cual puede explicar por qué hemos venido funcionando así como especie desde hace miles de años.

Sin embargo, esto ha hecho que estemos poco preparados para encarar situaciones como la que el mundo está viviendo producto del virus, desde el primer trimestre de este año. Primero, porque nadie vio esto venir; con lo cual, nadie tuvo tiempo para prepararse, si es que hubiese alguna forma posible de hacerlo, además.

¿Qué síntomas nos produce la incertidumbre?

A nivel físico, algunos síntomas pueden ser:

  • Dolores de cabeza
  • Dificultad para conciliar sueño
  • Alteraciones en el apetito (comer más, o no tener apetito)

A nivel emocional:

  • Sensación de extrañeza, confusión constante
  • Olvidos frecuentes y cotidianos
  • Poca capacidad para organizarnos
  • Dificultad para hacerse cargo de ocupaciones habituales
  • Sensación de desgano, desmotivación, ánimo decaído
  • Pensamientos repetitivos de corte negativo
  • Dificultad para ver un futuro cercano o lejano

Si bien, estos síntomas son muy parecidos a los de la ansiedad, no son exactamente iguales. Te invito a leer el siguiente artículo: ¿Cómo saber si sufro de ansiedad?

Queda claro, entonces, que estos síntomas son bastante incómodos. A nadie de los que está leyendo este artículo –ni a mí- nos complace experimentarlos, y esto nos lleva a la pregunta de cómo quitármelos. Pero antes de mirar estas fórmulas, quizás es bueno que reflexionemos en algo: si nos incomodan, es porque son nuevos para nosotros; es porque estamos acostumbramos, milenariamente, a ocultarlos y a maquillarlos con nuestras rutinas; con lo cual, estaría mejor preguntarnos ¿para qué ha venido esta incertidumbre? ¿qué me querrá decir? ¿por qué mejor no intentar escucharla?

¿Cómo resolver estas dudas?

Puedes hacerlo por tu propia cuenta, reflexionando, intentando escuchar a tu propio cuerpo, aceptando que lo que vive es incómodo pero no malo, y que es muy posible que estas emociones también existan para enseñarnos algo.

Pero entendiendo que ello es a veces muy complejo, se puede trabajar también en una terapia psicológica, la cual buscará profundizar acerca de este estado emocional, en compañía de un profesional que está capacitado para acompañarte en la búsqueda de esas respuestas.

Al final de todo, una de las claves más poderosas es trabajar en aceptar, en lugar de luchar en contra de lo que sentimos. La terapia es uno de los espacios ideales para buscar que cada persona logre hacer las paces con la idea de que habrán situaciones que no se podrán controlar, por mucho que lo anhelemos, sino más bien, intentar aceptarlas, por más incómodas que puedan resultar.

María Claudia Gee

Psicóloga de Libera

C.Ps.P. 26545

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