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Cuando se trata del trabajo terapéutico con adolescentes, la mayoría de los motivos de consulta giran en torno a que los padres perciben que sus hijos no les hacen caso, que han bajado sus promedios escolares, o que están muy pendientes de la tecnología y de los amigos.

Y nos gustaría dedicar este artículo a comprender, desde la mirada de un padre o madre, por qué es que estos aspectos nos movilizan como adultos. En principio, en el ejercicio de la paternidad nos enfrentamos casi todo el tiempo, a aceptar la agridulce idea de que nuestros hijos crezcan y atraviesen etapas. Pero ¿por qué esto es tan complejo?, quizá tenga que ver con elaborar duelos, y sobre todo con ir haciéndonos la idea de que ese niño se va desprendiendo poco a poco de nosotros.

Los cambios en los primeros momentos

Al inicio, cuando era un bebé, nuestro hijo dependía al 100% de nosotros como padres, los primeros seis meses incluso no puede alimentarse de otra fuente que no sea de la madre (en caso se dé Lactancia Materna Exclusiva) o de la leche que los padres deben preparar para darle. Conforme avanzan los meses, los padres enfrentan uno de los primeros duelos, que es aceptar que ahora este bebé más grande, puede ser alimentado por otros, que la comida ya no la proveo yo, sino que se puede comprar en el súper o en el mercado, que la función ya no depende solo de mí como padre o madre. Luego de unos meses, este pequeño/a comienza a dar sus primeros pasitos, lo cual nuevamente nos pone la realidad del desarrollo frente a nuestros ojos “ya no depende de que yo lo transporte de un lado a otro”, “ahora puede hacerlo solo”. Y así sucesivamente, como padres, encaramos una y mil veces que poco a poco debemos hacer un acto de desprendimiento. Que cuesta, que duele, que aprieta. Pero que es tan necesario atravesar.

¿Cómo viven los cambios los adolescentes?

En el caso de la adolescencia, esta es una etapa particularmente interesante, porque es quizá el momento más claro y firme en el que los chicos nos demuestran que ya-no-nos-necesitan (como antes), y que prefieren a otros. Ahora encuentran placer y diversión en el teléfono, en series, en amigos del cole, del barrio, del club. Vemos que prefieren pasar más tiempo en casa de los amigos, o en fiestas, o “reus”.

Y aquí es importante poner el punto de atención: Partiendo del principio de que los adolescentes se están desprendiendo de nosotros, y nosotros nos estamos desprendiendo de la idea de ser necesarios para ellos, es un poco más sencillo entonces, comprender por qué muchas veces la adolescencia se vive como una batalla o una lucha de poderes.

Todo cambio como producto de muchos factores que hacen crisis, generando un poco de caos, para que luego todo tome su curso y el cambio sea posible. Y este proceso de adolescencia, no es la excepción.

Y ahora, ¿qué es lo que está detrás?

Pensemos que para el adolescente es toda una aventura el hecho de sentirse capaces de descubrir el mundo por sí solos, confiados, corajudos y valientes, con todas las ganas y las hormonas encima para hacerlo. Pero que, aunque suene lindo, es un proceso complicado también para ellos, y esta dificultad muchas veces no se expresa ni manifiesta con palabras, sino que toma lugar con la acción. Siendo así, muchos adolescentes que se muestran rebeldes, contestones, caprichosos, en realidad están dándole un lugar a su malestar, que quizá no están haciendo de modo asertivo o cómodo para los papás.

«Cuando se trata del trabajo terapéutico con adolescentes, la mayoría de los motivos de consulta giran en torno a que los padres perciben que sus hijos no les hacen caso.»

Ellos (los padres) por su lado, también despliegan el malestar que les genera el desprenderse de sus hijos, a través de más normas y exigencias, a través de más disciplina en la casa, o de castigos y prohibiciones. Si miramos bien, y si miramos de cerca, en realidad tanto los padres como los hijos muestran, a través de su conducta, que están experimentando un malestar.

¿Cómo atravesar estos cambios?

Y, ahora bien, la terapia ofrece un espacio en donde ‘el acto se hable’, es decir, que el malestar discurra por la palabra para así evitar que se muestre a través de conductas o actitudes que lastiman a otros. Por tanto, dar un lugar tanto a los adolescentes, como a los padres, para que conecten con el real origen de su malestar, puede resultar muy terapéutico y aliviador para ambas partes.

Recordemos que todos pasamos por etapas, toda etapa involucra una crisis y un malestar, y darle un lugar a ese malestar para poder procesarlo y atravesar de manera más amable estos cambios, será la mejor forma de acompañar a mi hijo/a y verlo/a crecer.

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