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Katia es una joven de veinte años que estudia derecho y trabaja en un importante estudio de abogados. Realiza sus prácticas de ocho a tres de la tarde, almuerza un sándwich y un jugo para llegar corriendo a la universidad, sus clases que suelen iniciar a las cuatro y acaban a las diez. Los fines de semana no tiene tiempo de ver a sus amigas, ni de ir a alguna fiesta porque tiene que culminar sus trabajos y prepararse para los exámenes, de los que refiere “no puedo sacar menos de veinte, tengo que estudiar toda la noche para poder lograrlo, si saco dieciocho o menos me muero”.

Julián tiene 43 años, y experimenta casi lo mismo que Katia. Lleva a cuestas la ardua labor de sostener a una familia, tiene un hijo pequeño y una esposa que día a día le demanda cariño las pocas horas que pasa con él, pues saliendo del trabajo va a estudiar la maestría y los fines de semana estudia idiomas; “estoy en la edad de la producción -alega- tengo que aprovechar todo el tiempo que tengo para ser el mejor”.

Mía no puede dormir por las noches, piensa “dormir es una pérdida de tiempo, podría aprovechar ese tiempo en estudiar. Si no estudio no podré ser la mejor médico de mi facultad y no ganaré la beca para viajar a Argentina”, cuando descansa se siente culpable, sus amigas le insisten en ir al cine, pero ella prefiere quedarse estudiando, pues de lo contrario jalaría sus exámenes y sería la peor de la carrera, menciona.

“Nunca será suficiente…”

A veces, la ansiedad vive con nosotros, se vuelve parte de uno, nos despertamos con ella e incluso no nos deja dormir, comer, y -por qué no- a veces nos impide respirar tranquilos. Desde pequeños nos hemos formado la idea de que ser los mejores es el único modo de subsistir, quizá porque de niños nuestros padres pusieron las metas muy altas, e –inconscientemente- crecimos con la idea de que solo así conseguiríamos su cariño y respeto, pues únicamente nos felicitaban al llegar a casas con la nota más alta, pues un par de puntos menos era mediocre, y ante un diecinueve oíamos ¿por qué no un veinte? Todo ello genera que al crecer nos exijamos constantemente, al punto de olvidarnos de lo más importante: disfrutar de los logros. No celebramos la graduación, pues ya estamos iniciando a estudiar una especialización; no celebramos la maestría, pues pensamos que el doctorado es más difícil y esta ha sido muy fácil”; no celebramos un ascenso en el trabajo, pues creemos que cualquiera lo hubiera logrado. Sin darnos cuenta que en realidad vivimos presos de una ansiedad que ha sido engendrada desde niños en nosotros, que hoy se ha apoderado de uno y que no nos deja disfrutar de todo lo que vamos logrando, pues “nunca será suficiente”.

El aprendizaje incluye el hecho de disfrutar lo que hacemos

Sin embargo, conforme vas creciendo, te puedes dar cuenta que no necesariamente es así. Te das cuenta que los logros no están enfocados al número de medallas y cartones acumulados, sino a cuánto aprendiste de la experiencia. Y el aprendizaje en la vida incluye el hecho de disfrutar lo que hacemos, a saber premiarte y poder descansar con la satisfacción de haberlo logrado. En la medida que encontremos un goce, diversión, entretenimiento –y por qué no- placer, en lo que hacemos; podremos ser exitosos, pues nos llevaríamos experiencias más enriquecedoras en nuestro interior.

 

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