Es bien sabido que la muerte es parte de la vida, que todos caminamos día por día hacia ella, y que es el final un espacio que nos convoca a todos. Quizá hay personas que llevan estas verdades a cuestas día por día, que ven la muerte de manera natural, orgánica, posible, hasta cercana; pero hay quienes, por el contrario, le huyen, se esconden, fingen que no está, que es una ilusión.

Si bien, no hay una fórmula exacta para saber cómo enfrentar la muerte, ni cómo nos va a tocar; sin duda cuando ésta viene de manera desprevenida y accidental, pone la vida de quien queda aquí, de cabeza. Sobre todo, cuando el vínculo con quien se fue es fuerte, profundo y esencial.

¿Qué se siente perder a tu pareja?

La irreversibilidad de la muerte solo hace que el dolor sea inmensamente más complejo. Que la persona que se fue sea a quien en algún momento tú elegiste, es un trago mucho más duro y amargo de pasar. Porque desde hace años, tienes la representación mental de esa persona de tu mano, acompañándote en el camino de la vida, luchándola de tu mano, en las buenas, las malas y las peores. Asumirte solo/a, sin esa persona, es un ejercicio mental y emocional arduo, ya que implica un replanteamiento de toda tu estrategia, de todo tu ajedrez, en donde no solo se deben pensar en nuevas jugadas, sino a veces en cambiar las piezas.

¿Qué pasa cuando hay hijos?

Añadir más variables a la ecuación, la complejiza, pero no por eso la convierte en irresoluble. Cuando hay hijos en medio, la persona que queda aquí se enfrenta a una tarea compleja: sentir el dolor, pero cuidar de los otros al mismo tiempo. A veces esto se siente como tener que caminar hacia el norte y al sur al mismo tiempo, despierta sensaciones de impotencia, enfado, frustración, y por supuesto, esa alfombra ancha de dolor que sostiene todo lo demás.

Y aunque ir al norte y al sur pareciera contradictorio, quizá hay algunas formas de integrar esta doble tarea: cuidarme y cuidar de quien necesita de mí. Si bien no hay fórmula mágica, se pueden encontrar espacios de desfogue y conexión personal, y al mismo tiempo ser sostén para alguien más.

Es importante atravesar el duelo justamente sintiendo eso: dolor. Dejarlo sentir, darle un espacio y un tiempo, darle oídos y hombros con personas que nos puedan acompañar, escuchar, botar. Para luego volver al rol de madre/padre, y ahora sostener a quien también necesita.

¿Qué hacer?

Es una pregunta capciosa, pues no tiene respuesta aquí, y es quizá lo que las personas más necesitan: una guía, un norte, una brújula.

Más que conectarnos con ‘qué hacer’, será valioso con escuchar lo que sentimos, y dejar que el dolor discurra, que sea el mismo dolor que limpie los ductos emocionales. Como el río que con su cauce logra limpiar, sanar y recircular. Apoyarse de otras personas, hablarlo tantas veces sean necesarias, llorarlo, soltarlo. Escuchar al cuerpo, que sin duda comenzará a resonar, atenderlo más que callarlo, cuidarlo. No pensar en un tiempo determinado, no ponerte metas para dejar de sentir, no esperar ello, no buscar estar bien en un periodo en el que sentir emociones difíciles es lo propio. Porque va a circular más rápido si lo dejamos ir, a que si lo atoramos y forzamos.

Comentario final

Finalmente, si estás pasando por un duelo por haber perdido a una pareja, esposo/a, quiero que sepas que lo siento mucho, es un momento seguramente muy complicado para ti, en el que te estás cuestionando casi todas las variables de tu entorno. Déjate sentir, háblalo con alguien, busca ayuda en amistades y profesionales, que sean una alfombra cómoda sobre la cual reposes, descanses y te dejes caer.

No es momento de callar lo que sientes, sino más bien de escuchar mejor lo que llevas adentro, para que eso sí te resulte una brújula, una guía para seguir.

Las fuerzas no se consiguen de otro lado, que no sea de adentro de uno.

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