El diálogo es parte de cualquier relación interpersonal, sobre todo cuando hablamos de la comunicación dentro de la familia. El comunicarnos nos sirve para transmitir, recibir y transformar información de tal forma que podamos expresar lo que pensamos y sentimos y que ello nos permita entablar vínculos de afecto y empatía con el otro.
El objetivo de poder comunicarnos adecuadamente es crear un clima de confianza y armonía dentro de los miembros de la familia, considerando que no todos expresamos nuestras emociones de la misma manera, asimismo el entendernos facilita que podamos ponernos en los zapatos del otro podamos comprender su postura. Además, una buena comunicación ayudará a generar acuerdos y resolver conflictos frente a las discrepancias que pueden surgir dentro de la relación.
Esto se hace más evidente en la comunicación con nuestros hijos adolescentes, pues recordemos que la adolescencia es una etapa en donde la identidad se va formando, existe confusión respecto a cómo comportarnos y por ende los conflictos a la hora de comunicarnos tienden a ser más frecuentes.
Es importante considerar que la base para un diálogo funcional y productivo es transmitir apoyo a través de los gestos y miradas con las que validamos que estamos escuchando y que nos preocupa lo que está pasado, validar que lo que el otro siente y piensa es importante y valioso. Así también, hacer un esfuerzo por dejarle saber al otro que nuestra posición de escucha es sincera y acogedora, considerando que reconocemos sus preocupaciones y respetamos su privacidad.
Algunos errores que entorpecen la comunicación con nuestros hijos son los siguientes:
- No ofrecer apoyo cuando nuestros hijos atraviesan una dificultad y en ocasiones tomar partido, por el contrario. Intentemos relacionarnos dentro del marco de la comunicación a través de un interés genuino y escucha activa, evitando parcializarse por una de las partes.
- Promover la conversación a través de preguntas “tipo interrogatorio” en donde los adolescentes sienten la presión por dar una respuesta adecuada o “esperada” y en muchos casos evitan responder o lo hacen con monosílabos.
- No involucrarnos con su vida, estar al margen de lo que les ocurre o invadir su privacidad generará distancia en la relación. Tratemos de mantener un punto medio que nos permita saber sobre sus intereses, circulo de amigos, formas de relacionarse sin llegar a invadirlos.
- Minimizar las emociones o preocupaciones de nuestros hijos, pues muchas veces sin intención de hacerlo creemos que los problemas que atravesamos los adultos son más importantes que los conflictos adolescentes y desvalorizamos e invalidamos insinuando que son fáciles de solucionar y que no debemos prestar tanta atención, lo que podría generar en nuestros hijos se sientan reprimidos o inferiores.
- Dejarnos llevar por nuestra propia experiencia y a partir de ello opinar respecto a lo que “está bien o está mal hacer”. Es importante practicar la empatía y ponernos en el lugar de nuestros hijos con el fin de entender su experiencia desde la lectura que ellos tienen.
- Emplear la agresividad con respuestas sarcásticas generando tensión dentro de la conversación. La alternativa será hablar con espontaneidad y amabilidad hacia nuestros hijos considerando que también pueden equivocarse y están en una etapa en donde aprenden constantemente.
- Hacerlos sentir culpables de sus actos, teniendo una actitud castigadora. Lo ideal sería trasmitir el sentido de responsabilidad y por ende las consecuencias de su comportamiento ayudándolos a encontrar una solución y no enmarañarse en el problema.
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