Actualmente, los educadores consideran el estado emocional del alumno como un aspecto significativo vinculado a problemas en algún área del aprendizaje. Pero, ¿Cómo se da esto? ¿Acaso lo intelectual, tiene que ver con lo emocional?
En el presente artículo vamos a publicar un caso que nos permitirá entender la dinámica de esta realidad, para ello utilizaremos un nombre ficticio y cambiaremos algunos de los datos recopilados, respetando así la confidencialidad.
Caso de “Mateo”:
Mateo es un niño de 7 años, que asistió a terapia referido por su profesor, quien consideraba que sus problemas para articular palabras tenían que ver con aspectos emocionales. En el primer contacto con él, se observó timidez, poca espontaneidad y esperaba ser dirigido en la entrevista. Al comenzar a conversar con Mateo, se pudo apreciar poco movimiento en los labios, hecho que interfería en la comprensión por parte del profesional de las palabras que él pronunciaba. Luego, cuando se conversó con los padres, ellos mencionaron que, a pesar de esto, tenía buen rendimiento escolar, no tenía complicaciones físicas, siendo un niño sano y que además en casa solía hablar con soltura.
Al cabo de unas sesiones, él nos informó que su mamá tendía a estar preocupada por el qué dirán, motivo por el cual ella constantemente sugería a sus hijos: “tengan cuidado con lo que hablan, porque la gente tiende a juzgar lo que decimos”. Esta frase la repetía constantemente, en especial, cuando salían a reuniones de la familia del papá. Además, nos contaba que, si él o sus hermanos no cumplían esta indicación, la mamá les llamaba la atención, ante lo cual Mateo se sentía triste, como si traicionara a los padres, en especial a ella. Él opto por hablar con un tono bajo intentando no mover los labios, así solo la persona con quien estaba hablando podía saber lo que decía, y si alguien (que no debería escuchar la conversación) quería saber lo que hablaba, entonces, no podría escucharlo.
De esta manera Mateo podía cumplir con la regla materna “tener cuidado de lo que se dice para evitar la crítica”. Esta “estrategia” era empleada desde que se encontraba en inicial, evitando participar en las prácticas donde tenía que pronunciar las palabras con claridad.
En las citas con los padres, era claro que tenían problemas en su relación de pareja, debido a infidelidad del esposo. Además, la mamá no tenía buena relación con la familia de su esposo, ya que recibía frecuentes críticas y “calumnias”, por ello, les decía a sus hijos que tengan cuidado con lo que conversaran para que no los puedan calumniar y no sean lastimados, en otras palabras, estaba proyectando sus dificultades a sus hijos, en vez de buscar una solución adulta, por ejemplo: ignorar los comentarios.
Poco a poco, los padres comenzaban a entender la importancia de que un niño sea espontáneo y que la censura excesiva basada en la creencia errónea de que saldrán lastimados por lo que dicen, lo único que ocasionaría sería temor, inseguridad y desconfianza.
Por su parte Mateo, al recibir apoyo de sus padres, ya sin esa absurda regla y con atención psicológica, logró retomar su parte infantil, la cual estaba siendo perdida, tornándose más espontáneo y comenzando a articular bien las palabras porque ya la Regla de censura había desaparecido.
Este caso ejemplifica un fenómeno que en consulta vemos con frecuencia, pero que algunos padres, maestros y aún algunos terapeutas dejan de lado y es que las personas somos seres integrales.
¿Cómo puede afectar la falta de inteligencia emocional en la vida académica del niño?
La inteligencia emocional afecta a la vida académica, de hecho, la capacidad de aprendizaje disminuye entorno a un 20% y a un 30% si hay problemas de autorregulación emocional. Y es que no hay solo que educar a nivel académico, sino también a nivel social y a nivel emocional. Las personas que tienen una mayor inteligencia emocional son más felices, tienen una mejor salud, tienen más amigos tanto en calidad como en cantidad, y tienen más recursos para afrontar las adversidades.
Por lo tanto, es importante desde bien pequeñitos ir trabajando la inteligencia emocional, pues también es parte de la formación del niño.
Entonces padres, si su hijo tiene problemas de aprendizaje, es importante hacer un análisis más profundo como en el caso de Mateo. Asimismo, si es necesario siempre estará la posibilidad de recibir apoyo de un profesional. Recuerden que nadie nació sabiendo cómo ser padre, ni existen universidades que nos preparen para tal función, así que está en cada uno de nosotros la libertad y responsabilidad de ir aprendiendo en el camino tratando de no repetir los mismos errores.
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